20 feb 2011

Arturo Jauretche ante la condición humana

El legado de la historia. Destruir para construir*

La finalidad última de sus escritos fue crear una visión real del país, infundiendo la idea de una íntima relación entre historia y política y advirtiendo que la dependencia subjetiva es la antesala de la dependencia objetiva. Animado por ese espíritu opuso a la “pedagogía colonialista”, que definía el problema nacional como una lucha entre civilización y barbarie, una “pedagogía nacional”, que lo redefinía en términos de una oposición entre las minorías extranjerizantes y opresoras y las mayorías populares y nacionales. Aunque no parece haber conocido a Thomas Kuhn y su afirmación de que toda actividad científica se desenvuelve con la guía de un paradigma, pero como si lo hubiera hecho, se dedicó a identificar ese paradigma en las ciencias sociales y la educación argentinas, y lo tituló “pensamiento colonial”. Denunció la incomprensión de la cultura nacional, lo que llevó a entender la civilización como una desnacionalización, en una suerte de mesianismo al revés. Ese mesianismo impuso colonizar y la ideología vino a señalar el cómo, en un esfuerzo consciente de las élites de “excluir toda solución surgida de la naturaleza de las cosas”( Jauretche: 1972: 25).
La tarea fundamental era, desde el punto de vista pedagógico, cultural y científico, promover un modo nacional de ver las cosas, paso previo a la formulación de una doctrina nacional conforme a la cual se siga una política nacional. En tal sentido, su objetivo no fue formular una ideología en sentido estricto, sino contribuir a formular un pensamiento propio. Lo que impedía ese modo nacional de ver las cosas era un conjunto de principios introducidos en la formación intelectual de los argentinos desde la niñez, y que obligan a dejar de lado el sentido común y el amor por lo propio. Jauretche los identificó como “zonceras”, que funcionan como verdaderos axiomas en forma articulada hasta resolverse en lo que llamó “colonización pedagógica”, poniendo anteojeras al momento de analizar la realidad. Ella está presente en todos los aparatos ideológicos que la sociedad posee para reproducir valores, como la escuela, la cátedra, la prensa, los círculos intelectuales y académicos a los que Jauretche y sus compañeros de ideas no tuvieron acceso. En tal sentido, el problema no es la ineficacia de la educación, como a veces se pretende, sino una educación altamente efectiva para difundir, deliberadamente, esas zonceras que impiden un pensar nacional.
Al análisis de esas “zonceras” dedicó muchas de sus más encendidas páginas y alegatos. Las veía como una pluralidad nacida de una “zoncera madre”, que no era otra que la dicotomía sarmientina de civilización o barbarie, identificando la primera con lo europeo y la segunda con lo propio americano. Sarmiento legó a los argentinos esa fatal dicotomía que condicionó intensa y prolongadamente la vida y el pensamiento del país, enseñando a denigrar lo propio. De ella surgieron otras, como aquella que reza que la extensión territorial es un mal, que alimentó el plan de la Patria Chica que relegó el interior y no le importó perderlo, pues de lo que se trataba era de formular una política para Buenos Aires y sus alrededores, que ofrecían las condiciones necesarias para la nueva Europa con la que soñaban los liberales. La libre navegación de los ríos, la idea de que la victoria no da derechos o la afirmación de la superioridad del inmigrante sobre el nativo, eran otras “zonceras” derivadas y dirigidas a destruir el sueño de una Argentina soberana y próspera, confiada en sus posibilidades y su destino.
La imposición de esa estructura mental es vista como dictada por los intereses del imperialismo británico, al que conviene un país debilitado y sin fe en su destino. La lectura remite necesariamente a la historia, pues ésta ha sido tergiversada para que “los argentinos no posean la técnica y la aptitud para concebir y realizar la política nacional”(Jauretche: 1959: 23). El análisis histórico revela un plan consciente de mantener al país en dependencia del pasado, conservando el carácter agrícola-ganadero e impidiendo el ascenso social y político de las masas. El revisionismo esclarecía el papel decisivo de Inglaterra, que había hecho de Argentina una pieza necesaria de su economía industrial y su expansión comercial, y la complicidad de las élites en el establecimiento de un ordenamiento jurídico-institucional destinado a facilitar la penetración inglesa.
La experiencia de Rosas en el siglo XIX y la de Irigoyen en el XX son vistas como dos intentos frustrados de salvar la Patria Grande, promoviendo una política de sentido nacional en lo económico y en las relaciones exteriores. Lo que se impuso finalmente fue la Patria Chica del liberalismo con sus sueños de progreso y un ejército a su servicio, el que apuntaló una situación ahistórica en un país de ficción en el cual los grupos marginados apelan a la violencia, sólo para convertirse en objeto de la represión militar (Jauretche: 1958: 3). Jauretche veía la necesidad de reestructurar las Fuerzas Armadas, advirtiendo que sin política nacional no hay ejército nacional, y entendiendo a esa política nacional como opuesta a la política ideológica, que fue sacrificando el territorio nacional en aras de preocupaciones de tono ideológico. Le preocupaba el concepto de espacio nacional, que consideraba abandonado al momento del nacimiento de la Argentina moderna y la sanción de la Constitución de 1853, y dentro de su preocupación se erigía en forma central la Patagonia, que hablaba de los peligros de un espacio vacío. La conclusión es que la comprensión entre pueblo y ejército es decisiva para formular una política nacional cuyo sentido último sea hacer una política para el pueblo.
El repudio de los falsos axiomas es también el de quienes sirven al sistema y de los aparatos legitimadores de la colonización mental y cultural. La crítica va contra lo que Althusser llamó aparatos ideológicos del estado, los que elaboran el discurso legitimatorio que repiten los intelectuales carentes de autenticidad, la “intelligentzia”, o “cipayos”. Esa estructura acaba con todo lo nacional y popular por considerarlo bárbaro, pero tienen cabida en ella los productos intelectuales de la izquierda, porque al igual que la derecha, respeta las premisas del dogma civilizatorio. La crítica de Jauretche va demoliendo mitos, como el de la universidad, vista como una fábrica de expertos frustrada por la falsa identificación entre civilización europea y cultura, y también el de la prensa, presentada como carente de independencia por estar presa de los intereses económicos. Interesa destacar que cuando en 1970 Althusser publicó en París su obra Ideología y aparatos ideológicos del estado, negando toda pretendida neutralidad política en el campo cultural, consiguió la entusiasta adhesión de la nueva izquierda argentina, que lo proclamó uno de sus modelos. Jauretche había hecho la misma denuncia mucho antes, en 1957, pero la nueva izquierda prefirió ignorarlo, en parte porque “tardó en digerir la obra de Arturo Jauretche” (Cangiano: 2001: 28).
La tercera faceta del mal denunciado son los intelectuales que sirven al sistema. En su Profetas del odio se encuentra un despiadado juicio sobre grandes figuras intelectuales alejadas de una perspectiva nacional y popular, que era la que definía para Jauretche la verdadera estatura de un intelectual. Nombres como los de Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo o Julio Irazusta, entre otros, aparecen como representativos de una intelectualidad que no está al servicio del país, y la revista Sur de Victoria Ocampo, orgullo de la vida intelectual argentina, es señalada como uno de los más notorios mecanismos de fuga de sus responsabilidades protagonizados por la intelectualidad argentina. En cambio, los intelectuales auténticos son excluidos sistemáticamente de esos aparatos pese a que constituyen la verdadera inteligencia nacional. Estas críticas cobran sentido en el marco de la denuncia hecha por Jauretche de la subvaloración de la identidad nacional, la negación de las posibilidad de creatividad propia y el desarraigo de los intelectuales, siempre dispuestos a sentir fidelidad hacia Europa y no hacia la tierra que los vio nacer.
El optimismo de Jauretche aflora al momento de creer en las posibilidades de sacudirse de esa estructura, apelando al “buen sentido popular”, único capaz de remediar la desconexión con la realidad y haciéndolo comprender el significado último de esa pedagogía colonialista al revelar no sólo su contenido sino también cómo y para beneficio de quiénes funciona. Esa posibilidad, sin embargo, sólo puede aparecer cuando las condiciones materiales de base lo permiten, y el pensador creía que el momento histórico había llegado, por las experiencias del irigoyenismo y el peronismo que habían puesto a las masas como protagonistas del quehacer político (Jauretche: 1957: 277).
Todo intento de escapar al condicionamiento del pensamiento implica formular un paradigma alternativo a la pedagogía colonialista. En este contexto pierde sentido cualquier disputa ideológica, puesto que tanto la intelligentzia democrática como la marxista son consideradas como incapaces de obrar fuera de la ideología y, lo que es peor, coinciden en el mismo mesianismo civilizatorio, aunque quieren realizarlo por distintos medios. La nueva pedagogía propuesta por Jaureche quiere superar el viejo enfrentamiento formulado por Sarmiento y reemplazarlo por un esquema conceptual en el cual los elementos enfrentados son las minorías extranjerizantes que oprimen al país y las mayorías nacionales.. La nueva pedagogía se propone reformular el viejo enfrentamiento a fin de que sirva de instrumento a la emancipación de las masas y a la independencia nacional.

*Marta Matsushita

16 feb 2011

LIBRO BICENTENARIO “LA ARQUITECTURA EN LA ARGENTINA. 1810-2010”

La Secretaría de Cultura de la Nación, a través de la Dirección de Patrimonio y Museos, que tiene a su cargo el arquitecto Alberto Petrina, prepara la edición de cuatro tomos referentes a la Arquitectura realizada en la Argentina en los dos últimos siglos. A tal efecto ha convocado al CEDODAL para que colabore en la realización de este proyecto. Para ello se ha acordado la organización de un sistema donde bajo la dirección de Alberto Petrina y Ramón Gutiérrez se estructuran cuatro tomos: 1810-1880 a cargo de Ramón Gutiérrez, 1880-1920 en manos de Alberto Nicolini, 1920-1960 conducido por Alberto Petrina y Sergio López Martínez, y finalmente 1960- 2010 llevado por Eduardo Maestripieri. La coordinación entre la Secretaría de Cultura y el CEDODAL estará a cargo de Sergio López Martínez y Patricia Méndez.
Para integrar una visión federal y abarcativa de la lectura de la arquitectura de nuestro país se ha convocado a unos cincuenta especialistas de diversas universidades y regiones, de manera de cubrir aspectos diferenciados de cada período. La publicación de los cuatro tomos se realizará entre los años 2010 y 2011 en atención al proceso de investigación y documentación ya iniciado.

Ciclo lectivo 2011

Inscripciones 2011: 

El curso es anual y se dicta en el turno noche de 19 a 23hrs. 

link pagina FADU UBA para inscribirte: 

http://inscripciones.fadu.uba.ar/ 

Los esperamos.
Equipo docente H2 Petrina.

8 feb 2011

Claudio Caveri - Dialogo e Imágenes

UNA CHARLA VISUAL SOBRE LOS ACONTECIMIENTOS MUNDIALES Y SU INFLUENCIA SOBRE LA INVENCIÓN DEL ESPACIO PÚBLICO Y PRIVADO, EN EL MUNDO Y EN LA ARGENTINA, EN EL SIGLO VEINTE Y HASTA EL PRESENTE.
VIERNES 5 DE MARZO DEL 2010.