«YIN» Y «YANG»*
René Guénon
La tradición extremo oriental, en su parte propiamente cosmológica, atribuye una importancia capital a los dos principios, o, si se prefiere, a las dos «categorías» que designa por los nombres de yang y yin: todo lo que es activo, positivo o masculino es yang, todo lo que es pasivo, negativo o femenino es yin. Estas dos categorías están vinculadas simbólicamente a la luz y a la sombra: en todas las cosas, el lado iluminado es yang y el lado oscuro es yin; pero, como nunca se encuentran el uno sin el otro, aparecen como complementarios mucho más que como opuestos. Este sentido de luz y de sombra se encuentra especialmente, con su acepción literal, en la determinación de los emplazamientos geográficos; y el sentido más general, en el que estas mismas denominaciones de yang y de yin se extienden a los términos de toda complementariedad, tiene innumerables aplicaciones en todas las ciencias tradicionales.
Es fácil comprender, según lo que ya hemos dicho, que yang es lo que procede de la naturaleza del Cielo, y yin lo que procede de la naturaleza de la Tierra, puesto que es de esta primera complementariedad del Cielo y de la Tierra de donde se derivan todos las demás complementariedades más o menos particulares; de este modo, se puede ver inmediatamente la razón de la asimilación de estos dos términos a la luz y a la sombra. En efecto, el aspecto yang de los seres responde a lo que hay en ellos de «esencial» o de «espiritual», y se sabe que, en el simbolismo de todas las tradiciones, el Espíritu se identifica a la Luz: por otra parte, su aspecto yin es aquel por el cual dependen de la «substancia», y ésta, por el hecho mismo de la «ininteligibilidad» inherente a su indistinción o a su estado de pura potencialidad, puede ser definida propiamente como la raíz oscura de toda existencia. Desde este punto de vista, se puede decir también, tomando a préstamo para ello el lenguaje aristotélico y escolástico, que yang es todo lo que está «en acto» y yin todo lo que está «en potencia», o que todo ser es yang en la medida en que está «en acto» y yinen la medida en que está «en potencia», puesto que estos dos aspectos se encuentran necesariamente reunidos en todo lo que está manifestado.
El Cielo en enteramente yang y la Tierra es enteramente yin, lo que equivale a decir, que la Esencia es acto puro y que la Substancia es potencia pura; pero solo ellos lo son en estado puro, en tanto que son los dos polos de la manifestación universal; en todas las cosas manifestadas, el yang no está nunca sin el yin ni el yin sin el yang, puesto que su naturaleza participa a la vez del Cielo y de la Tierra. Si se consideran especialmente el yang y el yin bajo su aspecto de elementos masculino y femenino respectivamente, se podrá decir, en razón de esta participación, que todo ser es «andrógino» en un cierto sentido y en una cierta medida, y que lo es tanto más completamente cuanto más equilibrados estén en él estos dos elementos; así pues, el carácter masculino o femenino de un ser individual (de manera más rigurosa, habría que decir principalmente masculino o femenino) puede ser considerado como resultado del predominio de uno u otro. Estaría naturalmente fuera de propósito emprender aquí el desarrollo de todas las consecuencias que se pueden sacar de esta observación; pero basta un poco de reflexión para vislumbrar sin dificultad la importancia que son susceptibles de presentar, en particular, para todas las ciencias que se relacionan con estudio del hombre individual desde los diversos puntos de vista en que éste puede ser considerado.
Hemos visto anteriormente que la Tierra aparece por su cara «dorsal» y el Cielo por su cara «ventral»; por eso el yin está «en el exterior», mientras que el yangestá «en el interior». En otras palabras, las influencias terrestres, que son yin, son las únicas sensibles, y las influencias celestes, que son yang, escapan a los sentidos y no pueden ser captadas más que por las facultades intelectuales. Esta es una de la razones por las cuales, en los textos tradicionales, el yin se nombra generalmente antes que el yang, lo que puede parecer contrario a la relación jerárquica que existe entre los principios a los que corresponden, es decir, entre el Cielo y la Tierra, en tanto que son el polo superior y el polo inferior de la manifestación; esta inversión del orden de los dos términos complementarios es característica de un cierto punto de vista cosmológico, que es también el del Sânkhya hindú, donde Prakriti figura igualmente al comienzo de la enumeración de los tattwas y Purusha al final. Este punto de vista, en efecto, procede en cierto modo «remontando», del mismo modo que la construcción de un edificio comienza por la base y se acaba por el techo; parte de lo más inmediatamente aprehensible para ir hacia lo más oculto, es decir, que va de lo exterior a lo interior, o del yin al yang; en este sentido, es inverso del punto de vista metafísico, el cual, partiendo del principio para ir a las consecuencias, procede por el contrario de lo interior a lo exterior; y esta consideración del sentido inverso muestra efectivamente que estos dos puntos de vista corresponden propiamente a dos grados diferentes de realidad. Por lo demás, ya hemos visto en otra parte que, en el desarrollo del proceso cosmogónico, las tinieblas, identificadas al caos, están «en el comienzo», y que la luz, que ordena este caos para sacar de él el Cosmos, está «después de las tinieblas»; lo que equivale a decir también que, desde este punto de vista, el yin está efectivamente antes que el yang.
El yang y el yin, considerados separadamente el uno del otro, tienen como símbolos lineales lo que se denominan las «dos determinaciones» (eul-i), es decir, la raya entera y la raya quebrada, que son los elementos de los trigramas y de los hexagramas del Yi-king, de modo tal que éstos representan todas las combinaciones posibles de esos dos términos, combinaciones que constituyen la integralidad del mundo manifestado. El primero y el último de los hexagramas, Khien y Khouen, están formados respectivamente por seis rayas enteras y seis rayas quebradas; representan pues la plenitud del yang, que se identifica al Cielo, y la del yin, que se identifica a la Tierra; y es entre estos dos extremos donde se sitúan todos los demás hexagramas, en los que el yang y el yin se mezclan en proporciones diversas, y que corresponden así al desarrollo de toda la manifestación.
Por otra parte, cuando estos dos mismos términos yang y yin están unidos, se representan por el símbolo que, por esta razón, se denomina yin-yang, el cual ya hemos estudiado en otro lugar desde el punto de vista donde éste representa más particularmente el «círculo del destino individual». Conformemente al simbolismo de la luz y de la sombra, la parte clara de la figura es yang, y su parte oscura es yin; y los puntos centrales, oscuro en la parte clara y claro en la parte obscura, recuerdan que, en realidad, el yang y el yin no se encuentran jamás el uno sin el otro. Desde el momento en que el yang y el yin están ya diferenciados pero permanecen unidos (y es por eso por lo que la figura es propiamente yin-yang), es el símbolo del «Andrógino» primordial, puesto que sus elementos son los dos principios masculino y femenino; es también, según otro simbolismo tradicional todavía más general, el «Huevo del Mundo», cuyas dos mitades, cuando se separen, serán respectivamente el Cielo y la Tierra. Por otra parte, la misma figura, considerada como constituyendo un todo indivisible, lo que corresponde al punto de vista principial, deviene el símbolo de Tai-ki, que aparece así como la síntesis del yin y del yang, pero a condición de precisar bien que esta síntesis, al ser la Unidad primera, es anterior a la diferenciación de sus elementos, y por tanto absolutamente independiente de éstos; en realidad, no puede hablarse propiamente de yin y yang más que en relación con el mundo manifestado, que, como tal, procede enteramente de las «dos determinaciones». Estos dos puntos de vista desde los cuales puede ser considerado el símbolo se resumen en la fórmula siguiente: «Los diez mil seres son producidos (tsao) por Tai-i (que se identifica a Tai-ki), modificados (houa) por yin-yang», ya que todos los seres provienen de la Unidad principial, pero sus modificaciones en el «devenir» se deben a las acciones y reacciones recíprocas de las «dos determinaciones»
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*«Yin» et «Yang», cap. IV de La Grande Triade [La Gran Tríada].